Si tienes nociones básicas de guión, sabrás que una estructura clásica se divide en tres actos: primer acto, segundo acto y tercer acto.

Por resumirlo brevemente, el primer acto es el mundo corriente que ha conocido el protagonista hasta ese momento. Llega entonces un elemento externo (y en algunos casos interno) que da un vuelco a ese mundo, y permite a nuestro protagonista tomar una decisión: seguir con la vida que ha conocido o embarcarse en una nueva aventura. Esto es lo que se llama punto de giro, y si lo acepta se adentrará en el segundo acto, donde básicamente deberá enfrentarse a todo tipo de obstáculos para conseguir llevar a cabo el objetivo que le ha planteado esa nueva aventura.

A final de ese segundo acto tocará fondo, situándose en el punto más opuesto posible de la realización de su objetivo. Pero algo de nuevo relanzará la historia hacia el tercer acto, un sprint final en el que el protagonista tendrá esa última oportunidad de alcanzar su objetivo. Muchas veces, en este punto el objetivo habrá cambiado, y no será el mismo objetivo que al inicio del segundo acto, ya que el personaje habrá evolucionado.

Sea como sea, ese tercer acto, ese sprint final, se saldará con un clímax donde el protagonista conseguirá o no su objetivo, cerrando la historia sin que haya posibilidad de remisión, y abriendo a su vez nuevas historias. De ahí que surjan segundas e incluso terceras partes.

En resumidas cuentas, esto vendría a ser la estructura en tres actos. Pero hoy quiero centrarme en el primer acto, o como yo lo llamo, la huerta del guionista.

¿Y a qué se debe ese término?

Sencillamente, porque será el lugar donde plantes todo lo que va a brotar y florecer en  el resto de los actos de tu película o libro.

El primer acto es una fértil llanura en la que puedes plantar de todo. Algunas cosas crecerán fuertes y saludables y te proporcionarán grandes momentos, y otras simplemente se quedarán en pequeños rastrojos. De ti depende volver a ese primer acto una vez concluida la escritura y talar, podar y muchas veces replantar.

Porque sí, el primer acto es un paraje al que puedes volver siempre que quieras, sin miedo a que se desmorone la historia.

Os pongo un ejemplo muy sencillo que a mí me sirvió muchísimo.

Imaginemos que tenemos a nuestro héroe atado a una vía de tren por el villano de turno, con una locomotora acercándose a toda velocidad, dispuesta a acabar con su vida. Y de repente… nuestro héroe saca una navaja suiza de la que nunca habíamos oído hablar, y corta la cuerda.

¿Verdad que te chirría?

Da igual que en ese momento el héroe justifique que es una navaja que le regaló su padre. Te seguirá pareciendo un burdo truco de guión para solucionar un problema.

Ahora veamos qué sucede si decidimos plantar este elemento en el primer acto.

Imaginemos que en el primer acto asistimos al cumpleaños de nuestro héroe, y éste ansía poder disfrutarlo con su padre, a quien no ha visto desde hace muchos años. Sin embargo, cuando llaman a la puerta, quien está detrás no es su padre, sino un mensajero con un paquete. El paquete es de su padre, que le envía un regalo ya que no podrá venir (de nuevo) a su aniversario. Le ha regalado una navaja suiza, lo primero que encontró en la tienda de un aeropuerto camino a un nuevo destino. Nuestro héroe sentirá dolor, ira, y se guardará esa navaja para tirársela a la cara de su padre cuando le encuentre. Tal vez ese se convierta en el objetivo de nuestro protagonista: encontrar a su padre y echarle en cara todos esos años de soledad. El problema vendrá cuando, en su búsqueda, descubra que su padre ha sido raptado por una organización mafiosa y acabe atado a una vía de tren. Ahí recordará con rabia el motivo que le ha llevado a ese terrible final, aquella maldita navaja. Y esto le dará la clave para liberarse.

Como vemos, esa escena que hemos plantado en el primer acto florece más adelante en una secuencia climática, potenciando y dando sentido a lo que sucede, justificando de una manera natural una herramienta que usamos para librar a nuestro héroe de una muerte segura.

Encontrarás ejemplos como éste en cualquier película, buena o mala. Dependiendo de tu habilidad, conseguirás que pasen más desapercibidos y a la vez que resulten más climáticos cuando toque.

Un ejemplo muy claro lo encontramos en la primera parte de la trilogía de Regreso al futuro (Back to the future). En el primer acto de esta película, la novia de Marty se dispone a pasar un fin de semana romántico con él, pero la chica en cuestión va a estar ese día en casa de su abuela. Menudo contratiempo. Marty no tiene su teléfono, así que la chica escribe el número de su abuela en una octavilla que le ha entregado minutos antes una amable señora, quien pedía dinero para salvar el reloj del ayuntamiento, que quedó paralizado por un rayo. Bien, ya tenemos plantado el elemento en el primer acto.

Y entonces llega el momento más complicado para Marty, cuando debe volver a casa, pero no hay plutonio en ese pasado que relance el coche hacia el futuro. Tan solo podría conseguir esa cantidad de energía a través de un rayo. ¿Pero cómo saber cuándo y dónde va a caer? Marty está desesperado, necesita volver al futuro donde le espera una hermosa novia y un fin de semana romántico… y entonces entra en juego la octavilla, con el teléfono de la abuela, y al girarla encontramos la hora y el lugar exacto donde va a caer un rayo. ¡Tachán! En la peli es un momento maravilloso, tan bien plantado que potencia la escena.

Y lo más importante: nos pilla desprevenidos.

Porque si lo hacemos bien, si plantamos de manera sólida y profunda, el espectador no será consciente de que le estamos mostrando un truco de magia a simple vista, no lo verá hasta que entre en juego más adelante.

¿Pero cómo saber qué debemos plantar?

Como sucede en la película Regreso al futuro, muchas veces este proceso (plantar algo que sucederá más adelante) no funciona en la dirección lógica, sino que partimos de la situación climática y retrocedemos para buscar ese hueco en el primer acto.

Es decir, muchas veces escribimos una historia y llegamos a un callejón sin salida, a un punto que no sabemos cómo resolver. Y ahí está nuestro buen amigo, el primer acto, dispuesto a recibirnos con los brazos abiertos para que plantemos en sus fértiles tierras ese elemento que luego usaremos.

Los guionistas de Regreso al futuro cuentan que en un principio pensaban enviar a Marty y a Doc a un campo de pruebas nucleares, y así hacerle volver al futuro. Pero la secuencia resultaba demasiado cara, así que pensaron… ¿qué hay tan potente a nivel energético? Y se les ocurrió la idea del rayo cayendo sobre la torre del reloj. ¿Pero cómo podía saber Marty cuándo caería, sin que sonase previsible y cutre? Tal vez Marty podría haber recordado en ese momento una historia que le habían contado en el colegio, pero nos habría resultado poco satisfactorio, como si los guionistas nos estuviesen tomando el pelo.

Es en ese instante, cuando los guionistas decidieron retroceder al primer acto y buscar un hueco donde plantar la futura resolución.

Como podéis comprobar, esta experiencia nos aporta una valiosa lección:

Si quieres viajar en el tiempo, lleva suficientes provisiones de plutonio.

Y no tengas miedo a poner a tus protagonistas en situaciones imposibles de resolver.

Muchas veces tenemos miedo de colocar a nuestros héroes en situaciones que no tengan salida y, por decirlo de alguna manera, les solucionamos la vida. No les enfrentamos a retos realmente insalvables, lo que provoca que el conflicto pierda fuerza.

Sin embargo, los grandes guionistas son aquellos que llevan a sus personajes al límite, sabiendo que siempre podrán volver al primer acto para sembrar algo que les ayudará a escapar de esa situación.

Son, de alguna manera, kamikazes de las teclas.

Además, los escritores realmente talentosos serán aquellos que consigan plantar el elemento sin que seas consciente de ello. Y que además aporte una carga dramática a la historia cuando se revele.

Cuando uno empieza a escribir, tiene un miedo terrible a volver hacia atrás y retocar cosas, como si al hacerlo toda la historia fuese a perder sentido y fuese a derrumbarse. Cuanto más escribes, y más profesional te vuelves, menos miedo tienes a volver hacia atrás y retocar, y más y más herramientas consigues para hacerlo mejor, como un jardinero que adquiere mejor abono, una mejor segadora e incluso mejores semillas. Es una buena manera de comprobar si estamos evolucionando como guionistas, o si aún estamos verdes.

Así que no tengas miedo a volver al primer acto y retocarlo, ya que es el paso necesario para escribir bien.

Como os decía al principio, el primer acto es la huerta del guionista, una tierra fértil en la que podremos plantar cualquier tipo de situación.

En nuestra mano está que brote y se convierta en una gran cosecha.

Y tú…

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