Imagínate que vas a preparar un plato de comida. Comienzas con un par de ingredientes básicos que sabes que van a combinar bien. Lo pruebas… ¡y está rico! Y entonces decides ponerte creativo. ¿Por qué no? Y añades otro ingrediente más. Lo vuelves a probar… ¡y está aún mejor! De repente has mejorado el producto anterior, así que te envalentonas y añades otro ingrediente que sabes que por separado está muy bueno, y luego que también por separado te encanta, y otro, y otro… y de repente, no sabes cómo, has estropeado algo que de entrada estaba bueno. Y no lo entiendes. ¿Cómo es posible? Comencé con algo que estaba correcto, luego lo convertí en rico y a partir de ahí tan solo añadí cosas que por separado estaban buenas. ¿Por qué su combinación resulta tan caótica y desagradable?

Bueno, ahora aplica esto mismo al guión y la escritura.

Muchas veces, tenemos ideas, personajes, lugares, tramas y giros sobre una historia que nos parecen increíbles, y queremos meterlas todas en la misma narración. Por separado nos parecen ideas fantásticas, pero al encajarlas todas en la misma historia la convierten en caótica y la saturan.

Muchas veces queremos explicar demasiadas cosas en un mismo relato, en lugar de focalizar y escoger el verdadero tema, eso que realmente es importante.

Muchas veces queremos, por miedo a que el lector o espectador se aburra, que sucedan muchos giros en una misma secuencia.

Y al final, como sucedía con nuestro plato de cocina, lo acabamos estropeando.

Y es entonces cuando comprendemos que MENOS ES MÁS.

Este consejo lo recibí por primera vez de un excelente profesor y mejor director, llamado J.A Bayona. Lo que nos quería hacer ver es que muchas veces lo difícil no es crear y rellenar una página, sino precisamente recortarla y dejarla en la mínima expresión, de manera limpia y pulcra. El lector debe entender de manera clara y concisa lo que sucede, y sentir que le están explicando una cosa, no doscientas.

Lo mismo sucede en el estilo de escritura. Muchas veces queremos narrar demasiado en un guión o libro y acabamos perdiendo al lector, metiéndole en un pantano de letras del que es incapaz de salir. Creamos descripciones de elementos secundarios de la trama o la narración, y detallamos acciones que no son importantes para la secuencia.

¿Cuántas veces hemos leído una página en la que nos hemos perdido, sin comprender lo que estaba sucediendo? Eso se debe a que el autor no se ha aplicado la regla de Menos es más. 

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No entiendo nada

 

Tal vez Ferrán Adriá o cualquier gran cocinero tenga la suficiente pericia para mezclar cientos de productos en un solo plato y conseguir aún así un sabor claro y delicioso. Lo mismo sucede con grandes autores literarios. Pero la mayoría de nosotros no tenemos ese don, y debemos comprender que existe un axioma fundamental a la hora de escribir: ser claros.

No podemos permitirnos el lujo de que el lector se sature y empache de giros, personajes y acciones que le desvíen de la idea principal que quieres transmitir.

Por ejemplo, imaginemos la siguiente secuencia, que debería durar en torno a tres páginas:

Un hombre entra en una habitación donde se encuentra su futura novia, vestida de blanco. Quiere romper con ella porque se ha enamorado de su hermana. Finalmente entrará la hermana y desvelará la verdad.

Eso, en esencia, es lo que queremos narrar. Algo sencillo y claro, tal vez aburrido, pero comprensible.

Pero ahora imaginemos que se nos ocurre que además dentro esté su suegro, quien además es en realidad un alienígena que ha suplantado su cuerpo, y que en realidad está enamorado secretamente de su yerno, quien a su vez no sabe que lleva una bomba instalada en su corazón por unos mafiosos que quieren matar a la novia porque ésta posee la fórmula de la fusión fría, capaz de generar energía limpia. Y finalmente entra la hermana, pero resulta que no es ella sino un policía disfrazado de ella que persigue a los mafiosos que quieren matar a la novia.

Ahora imaginemos que tenemos que contar todo eso en los tres minutos. Imaginemos al lector leyendo giro tras giro tras giro. Llegará un punto en el que no entenderá de qué va la secuencia ni cuál es el objetivo de la misma. Estará tan perdido entre nuestros geniales giros de guión que acabará empachado y, como sucedería con el plato de cocina, pedirá que se lo cambien por unos huevos fritos con patatas.

¡Pero ojo! Esto no significa que no debamos ser creativos e imaginar giros maravillosos. Todo lo contrario. Tan solo que al hacerlo, debemos tener claro lo siguiente:

debes dosificar la información.

Siguiendo nuestra regla de MENOS ES MÁS, debemos decidir qué incluimos en cada secuencia. Debemos hacer el esfuerzo de decidir qué es lo que de verdad queremos contar en ese momento, e incluirlo.

Así, todo lo que teníamos pensado añadir a la secuencia de la novia deberíamos distribuirlo sabiamente a lo largo de nuestra historia, de tal manera que el espectador reciba en cada momento una pequeña dosis de esa información de manera clara y concisa.

Si lo hacemos bien, en lugar de un plato recargado tendremos un menú degustación maravilloso. 

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