Hay muchas veces que, sin saberlo, escribimos un relato o guion y usamos lo que yo denomino “la técnica de los fuegos artificiales”. Esto se puede deber a nuestra inexperiencia o inseguridad en la historia, o simplemente a nuestra falta de escrúpulos. Sea como sea, jamás debemos utilizarla, ya que seguramente alguno de esos petardos acabará explotando en nuestra cara y acabemos muy pero que muy mal.  Pero antes de explicaros en qué consiste dicha técnica, debo hablaros del Deus ex machina.

No, el Deus ex machina no es el nombre de un grupo de heavy. Es un término negativo utilizado en la escritura y el guión, y que adopta su nombre del teatro griego.

Se denomina así porque los griegos, que eran de liarla muy parda en sus tragedias, embrollaban todo tanto que incluso llegaban a matar a sus protagonistas. Algo realmente efectivo dramáticamente, pero que tenía difícil solución. Y claro, a nadie le gusta que muera un protagonista, y debían encontrar una manera de solucionarlo.

Era entonces cuando aparecía del cielo un dios montado en su carro, movía su varita mágica y nuestro protagonista resucitaba milagrosamente y cualquier tipo de lío se solucionaba por mandato divino. Resolvían de un plumazo todo el berenjenal en el que se habían metido y se quedaban tan panchos. De ahí si nombre: deus porque lo solucionaba un dios, y machina, porque bajaba sobre su “máquina”, su carruaje o mecanismo.

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Mecanismo griego del Deus ex machina

Tal vez a los griegos esa resolución les sirviese, pero hoy en día gritaríamos a la pantalla y despotricaríamos de un film o libro si asistiésemos a un truco de ese tipo.

Tal vez hoy en día no tengamos la cara de hacer algo tan bestia, pero seguimos cayendo en multitud de deus ex machina menores sin darnos cuenta.

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El equipo A, a los que casualmente siempre los encerraban en un lugar lleno de herramientas. Un Deus ex machina de manual.

¿Pero cómo llegamos a tal punto que debemos recurrir a un deus ex machina? Pues precisamente porque usamos “la técnica de los fuegos artificiales”.

Cuando escribimos, comenzamos a realizar giros y más giros sobre giros en la historia, de tal manera que llega un punto en el que no hay manera de resolverla. Esto sucede sobretodo en los géneros fantásticos, cuando inventamos giros sorprendentes, y como no sabemos resolverlos, metemos giros aún más sorprendentes para posponer la resolución de los anteriores.

Ahí tienes tus fuegos artificiales.

De alguna manera, distraemos y dejamos perplejos al espectador o lector con giros que le deslumbran y le embelesan, pero que no resuelven el misterio, sino que en lugar de ello plantean preguntas aún mayores que hacen olvidar esas preguntas anteriores. Esto tal vez mantenga al espectador atrapado en su butaca, o frente a la página. Pero si lo hace, es porque espera un final acorde con esa escalada de locura, espera que haya algo más allá de todo eso.

Si ponemos el listón tan alto, el final debe estar aún más alto. Si no correspondemos  ni premiamos la adhesión y fe del espectador o lector durante el tiempo que ha durado la historia, puede pasar que le decepcionemos hasta tal punto que nos de la espalda para siempre.

Ahí está el ejemplo de Perdidos, una serie que fue creciendo giro sobre giro, utilizando con descaro la técnica de los fuegos artificiales, y que resolvió con un vil deus ex machina.

¿No me crees?

Piensa en el oso, en el humo, en la cuenta atrás. Nunca resolvía nada. Se limitaba a plantear más y más preguntas que te hacían olvidar la anterior pregunta. Qué más me da el oso, si ahora tengo un humo negro. Qué más me da el humo negro, si ahora tengo que preocuparme por una cuenta atrás.

Sé que resulta muy tentador la seguir la técnica de los fuegos artificiales,  pero si lo hacemos corremos el riesgo de que al final necesitemos a un dios que baje del cielo para solucionar el lío que hemos creado.

Y a no ser que ese dios sea Billy Wilder, no te va a funcionar.

 

 

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