Imagínate la siguiente situación: dos personas están comiendo en un restaurante, charlando de un tema banal. Ella quiere ir al campo el fin de semana, él sin embargo quiere quedarse en casa para trabajar. Ella le pregunta cuándo tiene que entregar el trabajo, y él responde que el lunes siguiente. Ella le propone ir al cine después de comer, y a él le parece una excelente idea. Entre ambos deciden si ver una peli romántica, o una de acción. Finalmente deciden ver la de acción, y entonces, de repente… ¡pum! Explota una bomba situada bajo su mesa y quedan hechos papilla. Eso es susto.

Ahora imaginemos la misma situación anterior, palabra por palabra, pero mientras charlan, descubrimos que hay una bomba bajo la mesa con una cuenta atrás. Asistimos a toda esa conversación sin que los protagonistas sean conscientes del peligro que les acecha, y al llegar a cero… ¡pum! Explota la bomba y quedan hecho papillas. A eso se le llama tensión.

¿Con cuál de las dos situaciones te quedarías?

A la tensión descrita en este ejemplo se le llama “ironía dramática”. Esto significa que tú, como espectador de la situación, tienes más información que los protagonistas. Es la misma situación que has visto millones de veces cuando un asesino se esconde tras una puerta, esperando a una víctima que no es consciente de su presencia. O cuando un monstruo acecha en las sombras, sin que el personaje al que va a atacar lo sepa. O cuando asistes a una representación de guiñoles, y el guiñol ingenuo no es consciente de que el guiñol malvado está tras él. En esa situación sufres y lo pasas mal, incluso gritas en un intento vano por ayudar a ese personaje.

Sin embargo, si te sitúas al mismo nivel de información que el protagonista, de tal manera que te llevas la desagradable sorpresa al mismo tiempo que el protagonista, a eso se le llama susto.

Yo, personalmente, soy más partidario de la ironía dramática. El susto dura un segundo, es un instante, y por muy potente que resulte solo tiene ese recorrido.

La tensión, sin embargo, puede enganchar al lector/espectador minutos, e incluso horas. Recuerda el ejemplo de la bomba. Cuando no sabías que había una, seguramente sentiste cierto tedio o aburrimiento por la conversación banal que mantenían los personajes. Esperabas un giro, y llegó en forma de susto. Ahora recuerda lo que sentiste al leer esa misma conversación, pero sabiendo que había una bomba debajo de la mesa.

Esto no tan solo lo digo yo, también lo dice el maestro del suspense, Alfred Hitchock. Él era partidario de la ironía dramática, ya que sabía que gracias a ellas podías agarrar por el cuello al espectador y no soltarlo hasta que quisieras. Gracias a la ironía dramática podías convertir cualquier situación cotidiana en puro entretenimiento.

Resultado de imagen de bomba debajo de la mesa
El maestro del suspense y de los cameos

Piensa ahora en cómo mejorarían ciertas escenas de películas conocidas gracias a la ironía dramática. Y en cómo empeorarían otras si todo se limitase a una sorpresa.

Pero ¡ojo! La ironía dramática solo funciona si el peligro que acecha afecta a los protagonistas. Cuando hablo de peligro, no me refiero tan solo a pelis de terror o thrillers. En el caso de la comedia, este peligro puede ser algo tan sencillo como quedar en ridículo delante de tus suegros.

Imaginemos que el protagonista va a conocer a sus suegros, y como regalo les ha traído una tarta. Pero en la tienda se han confundido y en lugar de entregarle la tarta con la inscripción “felicidades”, le han entregado una de una despedida de soltera con un pene enorme dibujado. Ahora imagínate que tú, como espectador, sabes esto pero el protagonista no, y lleva esa tarta empaquetada a la cita con sus suegros, a los que va a conocer por primera vez. Durante toda la secuencia la tarta está ahí, sobre la mesa, empaquetada, ella es nuestra “bomba”, y sabes que en cuanto se abra será un desastre. Durante la secuencia, el protagonista puede hablar del tiempo, de deportes, o también puedes potenciar esa ironía dramática haciendo que hable de la tarta que aún no has visto, explicando que la ha escogido él personalmente, que define muy bien lo que piensa de sus suegros, etc. Esto no hará más que provocar una tensión que potenciará la comedia. La “explosión” vendrá cuando abran el envoltorio y descubran la inscripción del pene en la tarta.

Ahora imaginemos este mismo ejemplo, pero sin que, como espectadores, tengamos esa información previa sobre la confusión en la tienda. Ahora imaginemos ver toda la secuencia en la que un protagonista nervioso lleva a sus futuros suegros una simple tarta empaquetada, habla con ellos sobre el tiempo, los deportes, sobre la tarta que les ha comprado y llega el momento de la sorpresa, cuando descubre que la tarta en realidad lleva un pene dibujado. Sí, ese momento puede ser sorprendente y divertido, pero recuerda lo que has sentido con la tensión/ironía dramática en el ejemplo anterior, mientras el protagonista hablaba y tú sabías lo que había realmente en aquella tarta.

Así que si alguna vez dudas en una secuencia entre dar una sorpresa al espectador o hacerle partícipe de ella, mejor escoge lo segundo.

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