Hay algo básico que unifica a todas las historias. Todas ellas, queramos o no, tienen un primer acto, un segundo acto y un tercer acto. Ya sea una historia intimista o una superproducción.

Si preguntas a cualquier guionista o escritor, te dirá que el acto más fácil de escribir es el  primer acto, seguido del tercer acto.

El primer acto es donde planteamos las bases de la historia y donde el protagonista o los protagonistas son llamados a la aventura, donde reciben la misión que deben llevar a cabo durante la película.

Es un territorio virgen donde todo vale, donde nace todo y donde nada está atado, de manera que disfrutamos de una maravillosa libertad para plasmar lo que queramos, ya que estamos generando ese universo fílmico o literario.

El tercer acto, por el contrario, es ese punto en el que todo se va de madre y ya solo quedan dos opciones posibles: cagarla profundamente y no conseguir el objetivo por el que el protagonista ha luchado toda la historia o conseguirlo, sea eso algo bueno o malo para nuestros personajes. Está cargado de dramatismo y nos permite llevar a nuestros personajes al extremo, por lo tanto es dramáticamente muy edificante.

¿Pero qué pasa con lo que hay entre el primer acto y el tercer acto? ¿Qué pasa con ese segundo acto?

El segundo acto es, para la mayoría de los escritores, un gran dolor de cabeza. Es un territorio yermo donde debemos atar todo lo planteado en el primer acto y donde debemos hacer que los protagonistas lo transiten. Es el más largo y farragoso y por lo tanto el que puede empantanarse más. Es un acto complicado de rellenar con coherencia, y muchas veces nos perderemos en él o nos quedaremos a mitad de camino.

Es, de alguna manera, el ironman de los guionistas.

Se trata de una carrera de fondo extrema donde deberemos transitar todo tipo de registros y lugares, enfrentándonos a obstáculos cada vez más poderosos y enrevesados. A la vez, es un territorio hostil donde los personajes tienen la mala costumbre de perderse, desviándose del camino principal y perdiéndose en frondosos bosques de incoherencias y sinsentidos que lo rodean.

Este acto es el que nos exigirá más y más ideas, tiene un apetito voraz y se tragará todo tipo de situaciones y conflictos, y todo le sabrá a poco. Seguramente, a mitad de su recorrido nos habremos quedado sin nada que ofrecerle y no sabremos por dónde continuar. Pondrá a prueba nuestra resistencia física y moral, llevando nuestra fuerza de voluntad hasta tal punto que muchas veces pensaremos en desistir.

Para no caer en esto, deberemos iniciarlo bien equipados. Es por ello que debemos preparar una buena mochila. Y esa mochila se prepara en el primer acto PLANTEANDO las situaciones y las soluciones. Por suerte, el guion es una MÁQUINA DEL TIEMPO que nos permite volver atrás y reescribir la historia, incluyendo soluciones y herramientas ocultas en ese primer acto, que más adelante el protagonista descubrirá.

Pero además de esto, es muy importante llevar un mapa que nos indique el lugar al que queremos ir. No hay nada tan clarificador como saber hacia dónde nos dirigimos.

Cuanto mejor equipados estemos, mejor nos enfrentaremos a los retos. Y queremos que esos retos sean LOS RETOS.

Como en un ironman, cuanto más grandes sean los obstáculos, más gratificante será acabar el recorrido. No es lo mismo correr diez metros que atravesar un desierto. En una película o libro sucede igual. No es lo mismo superar un recorrido nimio y sin dificultad que escalar el Everest de las tramas emocionales. Ya sea una peli intimista o una superproducción, nuestros personajes deberán llegar al extremo de sus fuerzas, deberán enfrentarse a un reto que tan solo unos pocos puedan superar.

Solo así habrá valido la pena pasar el calvario del segundo acto. Y llegaremos al tercer acto con una clara y decidida convicción de cerrar el círculo planteado en el primer acto.

Así que ya sabes. Si quieres escribir, prepárate para el ironman de tu vida.

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