UN RELATO MEDIOCRE DE LA HISTORIA

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Jonás descendía de una gran saga de personas mediocres. Él, fiel a las tradiciones, no iba a ser menos, y seguramente sus hijos también seguirían sus pasos.

Como es sabido, la historia ha estado plagada de pro-hombres, personas únicas que han dejado huella. Eso es fácil. Cualquiera con dos dedos de frente podría hacerlo. La historia ha estado salpicada de guerras, descubrimientos, golpes de estado, catástrofes, en definitiva de acontecimientos únicos; simplemente había que tener ojo para localizarlos y quedarse cerca de uno de ellos. Incluso si uno no los buscaba, era muy probable que de repente se encontrase de lleno en algún momento clave de la humanidad.  Casi por inercia, y sin proponerlo, uno podía pasar a los anales de la historia. Lo realmente complicado, para lo que muy pocos tenían el talento suficiente, era encontrarte en el ojo del huracán de momentos que cambiarían la historia, y ser incapaz de dejar huella alguna, vivir en tus carnes esos instantes irrepetibles y ser  tan incompetente como para no ser recordado. Porque salir en un libro de historia lo puede hacer cualquiera, pero pasar por la historia sin más, siendo alguien mediocre, eso no lo consigue todo el mundo.  Y los antepasados de Jonás habían sido unos expertos en ello, artistas de la mediocridad, maestros de lo irrelevante.

Si nos remontamos a los albores de su árbol genealógico, nos situaremos en  un hecho que cambió el rumbo de la especie a la que pertenecemos y la faz del planeta tierra: el descubrimiento del fuego.  Este momento clave permitió al hombre evolucionar hasta lo que somos. Excepto para el tatatatara-vete a saber cuántos-abuelo de Jonás.

Porque fue él quien lo descubrió primero, un día que estaba en el bosque haciendo sus necesidades. Un rayo cayó a su lado e incendió un tronco seco. Aquel antepasado primigenio de Jonás estaba ante lo que cualquier hombre de su época habría interpretado como un mensaje de los dioses, una especie de  advertencia. Otros incluso habrían sentido que estaban ante algo poderoso, algo que podrían usar para sus propios fines. Aquel pre-hombre (que no pro-hombre) se acercó al pedazo de madera ardiente, algo que jamás ningún otro ser humano había hecho hasta entonces. Y lo apagó orinando encima.  Porque aquel antepasado de Jonás era también el primer ecologista del planeta.

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Comprobó que aquella extraña reacción que sucedía sobre la madera se estaba extendiendo a las plantas situadas alrededor, e incluso había alcanzado a un árbol cercano. El contacto con aquel fenómeno misterioso llamado fuego provocaba efectos catastróficos sobre la vegetación, destruyendo su color y convirtiéndolo todo en una masa negruzca y desagradable. Decidió que no podía permitir que aquel precioso bosque quedase reducido a cenizas, aunque en aquella época el concepto “cenizas” no tuviese sentido. Así fue como el hombre pudo descubrir el fuego, y se orinó encima.

Y así fue cómo aquel antepasado de Jonás, gracias a su vejiga, pasó de manera mediocre por la historia.

Varios siglos después, otro grupo de humanos descubriría el fuego, y valoraría su importancia. Era cuestión de tiempo. Y miles de años después unos arqueólogos encontrarían sus huesos, que serían expuestos en museos, visitados por millones de personas cada año, alzados en su vida póstuma a pro-hombres, recordados como aquellos a los que les debemos lo que somos. Pero no acaba aquí nuestro relato.

Si seguimos el recorrido genealógico de Jonás, daremos un salto de miles de años  y nos situaremos ante un hecho que  nos demostró la inmensidad del planeta tierra y que no tan solo abrió rutas comerciales, sino que además abrió la mente de la humanidad: la navegación.

Los fenicios fueron los primeros en comprender que el mar era una vía para llegar a lugares recónditos del mundo. Ellos consiguieron que las fronteras de la tierra conocida se situasen cada vez más lejos  y se difuminasen.

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Pocos fueron los elegidos para inaugurar aquella nueva era de viajes. Entre ellos se encontraba Hyrum, antepasado de Jonás. No es que no estuviese dispuesto a emprender la aventura; todo lo contrario, se moría de ganas. La noche anterior había estado repasando todo lo que se llevaría, se había despedido de su familia y de sus hijos y se había hecho a la idea de que jamás volvería y si lo hacía sería dentro de mucho. Y ahora estaba frente a aquel barco, dispuesto a dar un pequeño paso que le llevaría muy lejos. Por desgracia, las náuseas se interpusieron en sus sueños de gloria.

 Y es que Hyrum descubrió, en aquel mismo instante, que se mareaba tremendamente con tan solo poner un pie en aquella embarcación; el ir y venir del suave oleaje mediterráneo le revolvía el estómago hasta el punto de vomitar todo el cordero que se había zampado en el desayuno. Incapaz de aguantar, salió corriendo  y vomitó de nuevo sobre la orilla. Finalmente aquella expedición partió a hacer historia, y sus nombres fueron transmitidos a lo largo de los siglos y de los continentes.

Mientras tanto, Hyrum se tiró tres días vomitando y otros dos más a base caldo. Siglos más tarde, Gerardo López de Ruibalbo, para más señas tatara algo de Jonás, sufriría el mismo infortunio minutos antes de subir a una carabela llamada “La pinta”, perdiéndose así el descubrimiento del nuevo mundo.

Y si de marearse se trataba, no podemos olvidar a John, otro miembro mediocremente ilustre de la saga, aunque el susodicho no se mareaba con los barcos, sino con los aviones.  Pero claro, cómo iba él a saberlo, si jamás se habían montado en uno hasta ese momento. Ni él ni nadie. Porque tuvo la oportunidad de pilotar el primer avión de los hermanos Wright, pero un estómago delicado, y el hecho de que aún no existiese la biodramina, le hizo desistir y acabar vomitando en un prado cercano.

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Igual que la navegación o la aviación, la invención de la imprenta también supuso un salto revolucionario. Gracias al ingenio de Guttemberg, el conocimiento pudo extenderse como la pólvora,  saliendo del ámbito selecto y elitista de los monasterios y democratizándose, llegando a cualquiera, permitiendo transmitir ideas a millones de personas. Lo que poca gente sabe es que Guttemberg tenía un socio, Klauss, antepasado de Jonás y, cómo no, mediocre de manual.

Porque Klaus estaba dispuesto a invertir todo su dinero en la imprenta. No confiaba demasiado en aquel artilugio, y no entendía su utilidad, puesto que era analfabeto integral y no había visto un libro en su vida. Pero confiaba en su amigo Guttemberg. Hasta que otro invento se interpuso en su camino, y decidió apostar todos sus ahorros por él. Se trataba del “clastempore”. Si no sabéis lo que es un “clastempore”, no os preocupéis. Se vendieron tres unidades, y Klauss acabó en la mayor de las miserias.

Ironías de la vida, años más tarde apareció en un libro, en uno de anatomía. Su ruina le había llevado a vivir en la calle como vagabundo, y murió una noche muy fría. Su cuerpo inerte fue cedido a la escuela de medicina, donde se abrió, troceó y mutiló en nombre de la ciencia. Ni tan siquiera así fue alguien destacable; se convirtió en un anexo anónimo y sin importancia en un capítulo menor y mediocre sobre la función del riñón.

El fuego, la navegación y la imprenta fueron grandes avances que moldearon la humanidad, pero no fueron los únicos. Porque las guerras, con su terror, muerte y destrucción, cambiaron el mapa político y físico del planeta, y a la vez trajeron consigo revoluciones científicas. Estar inmerso en una de ellas aseguraría un puesto en cualquier libro de texto. La épica del combate y la estrategia, la magnificencia de la pérdida de vidas enmarcadas en un descomunal tablero de ajedrez, hacía que estos momentos fuesen proclives para la aparición de grandes figuras. Excepto si eras antepasado de Jonás y  te llamabas Christina.

Porque Christina estaba destinada a ser la Juana de Arco de la historia, a liderar las tropas francesas contra los ingleses.  A los trece años también escuchó la voz de Dios, una voz que le encomendó la misión de enfrentarse a los ingleses. Pero Christina era algo dura de oído, y escuchó “ingles” en lugar de “inglés”, así que emprendió una cruzada contra las ingles de la gente. Evidentemente aquel movimiento no tuvo mucho seguimiento y Christina, cansada de que nadie le hiciera caso, decidió hacerse ama de casa. Desgraciadamente, y como le pasaría a Juana de Arco, ella también murió quemada. Aunque en su caso  debido a una olla de agua hirviendo que le cayó encima.

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Ya que hablamos de figuras históricas, no podemos olvidarnos de una fundamental. Y es que otros antepasados de Jonás, gracias a su innata mediocridad, habían estado cerca de grandes hombres y no habían dejado huella; algo realmente difícil de conseguir, y digno de no ser contado, si habías sido discípulo de Jesús. Hablamos de Malaquías, el  apóstol, o el que debería haber sido conocido como apóstol, y que jamás sería recordado por la biblia. Si no os suena, es normal. Su mediocridad es de las más relevantes.

Y es que Malaquías bebió demasiado vino en la última cena y pilló una resaca considerable. Se pasó tres días en cama, y al despertarse, aún con mal cuerpo, se enteró de que se había perdido un momento clave de la humanidad: la crucifixión y resurrección de Jesús. Después de aquello, todos los apóstoles escribieron sus evangelios, pero Malaquías sentía vergüenza no tan solo por haberse perdido la resurrección del hijo de Dios, sino  por las tonterías que había hecho en la última cena.

 El vino le había calentado la boca, diciendo un par de verdades sobre Judas; incluso se había encarado a Jesús, que había pasado de ser el mesías y “mi más mejgor amijgo”, según palabras textuales, a un engreído enchufado por su padre y, por qué no, melenudo. Incluso había tenido palabras para María Magdalena, la “putita” de Jesús, e incluso para la madre del salvador, poniendo en duda los gustos sexuales de la misma e incluso insinuando cierta promiscuidad y zoofilia.  Así que, después de levantarse con un terrible dolor de cabeza, y de comenzar a recuperar fragmentos bochornosos de aquella noche, había decidido no dejar constancia de sus palabras; el resto de apóstoles habían opinado igual, no querían que Malaquías pasase a la historia como el apóstol borrachín; en el fondo sentían pena por él y no querían malmeter más de lo necesario.

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No fue la única figura religiosa a la que un mediocre tuvo acceso. Mali, antepasado de Jonás, tuvo el honor de conocer a Gandhi. En los inicios del movimiento de la no violencia, Mali iba a destacar incluso por encima de Gandhi; sus convicciones eran poderosas, su voluntad de hierro. Hasta que Gandhi decidió hacer ayuno. Mali aguantó tres días. Al cuarto, decidió picar un poquito a escondidas, un par de verduritas sin importancia. Al séptimo día se estaba comiendo un chuletón, cosa curiosa ya que siempre había sido un vegetariano convencido. Después de aquello decidió que prefería la carne al sacrificio. Años más tarde murió de infarto por culpa de las grasas saturadas. Evidentemente, lo hizo en el mayor de los anonimatos, envuelto en un halo de mística mediocridad.  En este caso sí fue recordado, pero por sus vecinos, que tuvieron que abrir una pared para sacar su cuerpo, ya que no pasaba por la puerta.

Dentro de la mediocridad, como hemos visto, han existido grandes mediocres y mediocres-mediocres, porque incluso entre los mediocres han existido segundas e incluso terceras divisiones. Podríamos hacer un rápido repaso, pasando desde el antepasado que podría haber sido el descubridor de la penicilina, pero que no fue capaz de probar su vacuna porque el simple hecho de que ver una jeringuilla le hacía flaquear las piernas, y al que años más tarde se le adelantaría Fleming; hasta el socio desconocido de Steve Jobs, que vendió todas sus acciones en la empresa cuando aún no había despuntado para invertir en lo que, según él, iba a ser el siguiente salto tecnológico: el láser disc.

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Y así, por fin, llegamos hasta Jonás. Porque Jonás no lo sabe, pero va a ser el mayor de los mediocres. En unos años será llamado a convertirse en el primer hombre en pisar Marte. Desgraciadamente, pronto descubrirá que sufre una terrible claustrofobia a los espacios cerrados y descartará el viaje. De nuevo, ironías de la vida, acabará el resto de sus días trabajando en una diminuta oficina, mucho más pequeña y claustrofóbica que cualquier cohete espacial.  Al final de su vida Jonás acabará en un hueco aún mucho más pequeño: un diminuto y mediocre nicho en un cementerio rodeado de pequeños y mediocres nichos. Y la única huella que habrá dejado en su vida es la de su zapatilla en un suelo mojado una tarde de invierno.

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